Lo que aconteció a una moja con un clérigo difunto

Por: Constanza de Medina

En el año de 1684, el muy sabio varón mexicano, don Carlos de Sigüenza y Góngora, escribió en una obra referente al Real Convento de Jesús María de México que tituló “Paraíso Occidental, plantado y cultivado por la liberal benéfica mano de los muy Católicos y poderosos Reyes de España”, extraordinario suceso del cual certifica su verdad como testigo.

Refiere el sapiente escritor, que en el dicho monasterio de Jesús María, algunas de las monjas, aseguraban haber visto a un clérigo que subía la escalera, con gran reposo y en silencio, pero no con señales de estar vivo, sino muerto.

Se encontraba de novicia en el convento una viuda, llamada Tomasina Guillén Hurtado de Mendoza, esposa que había sido de un tal don Francisco Pimentel, quien fuera gentilhombre
del Virrey Conde de Baños.

Al morir Pimentel, dejó a su esposa por herencia el ajuar de su casa, que era muy bueno y una herencia de tres mil pesos, “para que cuando la cobrase se entrase monja”.

Tomasina había sufrido mucho, desde niña, al lado de su madre pues la había criado con excesivo rigor y encerramiento. A los quince años de edad, la madre la metió de monja en Jesús María, pero ella, más inclinada a la vida social que al claustro, abandono el convento al poco tiempo. Poco después, enfermó de un fuerte tabardillo que la puso a las puertas de la muerte; prometió, si sanaba, vivir de religiosa, más cuando hubo sanado, se olvidó de su promesa.

Se molestó con esto la irritable madre y la encerró en el convento de Santa Isabel. Ella, empero, volvió a escaparse y a la postre de algunos años se casó al fin con don Francisco
Pimentel.

Por suerte y dicha de la Tomasina, no duró casada más de un mes y dos o más semanas; y ya difunto el esposo, vacilaba en seguir o no las palabras de una buena amiga, que le aconsejó entrara en un monasterio. Contribuyó mucho a decidirla, el que en cierta ocasión en que fue al convento de Jesús María en busca de una moza, al despedirse, una de las porteras le dijo:

- Vuelve a casa “pan perdido”, mira lo que haces.

Palabras que hondamente la conmovieron y la decidieron a profesar en aquel santo monasterio. Transcurridos algunos meses de su noviciado, Tomasina soñó que se le aparecía el clérigo que habían visto otras subir pausadamente por la escalera; el cual le pidió determinadas devociones que le habían de hacer todas las religiosas en común, a fin de salir de los tormentos del Purgatorio que hacía muchos años padecía.

Tomasina comunicó su terrible sueño al confesor, y suponiendo éste que todo era hijo de la imaginación, la mandó sólo que encomendase al clérigo a Dios.

Por muchas noches Tomasina volvió a soñar lo mismo, hasta que en una de esas noches, el alma en pena le dijo:

- ¿Es posible, Tomasina, que no hagas lo que te pido, ni te compadezcas de las penas gravísimas que me atormentan?

Haces muy bien en obedecer a tu confesor, pero si él experimentara la mínima parte de mis dolores, no te persuadiera de que estás soñando. Las oraciones han de ser en comunidad; y el ayuno a pan y agua lo has de hacer tú.

Respondióle la madre sin despertar:

- Lo que a mí me pertenece lo haré de muy buena gana, pero en lo que toca a las oraciones no sé si me creerán las religiosas, aunque se los diga.

Al contestar lo dicho, tenía Tomasina la mano izquierda puesta sobre la frente, mas descubierto el brazo; y al replicarle el difunto: “si te creerán”, se lo tomó por la muñeca. Despertó la monja dando de gritos, y a los gritos y al olor de carne quemada, se levantaron con espanto y asombro todas las monjas y novicias de sus lechos.

Se dio aviso del suceso a D. Fray Payo Enríquez de Rivera, Arzobispo de México, quien nombró a don Antonio de Cárdenas Salazar, para que se cerciorase del estupendo caso; Cárdenas y Salazar, estupefacto, vió las quemaduras de los cinco dedos que el clérigo difunto había dejado impresos en el brazo de la novicia; y llamados que fueron varios cirujanos, unánimes declararon, bajo juramento, que aquel fuego “no era del usado en el mundo”, y que, además de quemado el brazo, estaban encogidos y contraídos todos los nervios.

Cuenta el mismo cronista que se dijeron muchas misas y se rezaron infinidad de rosarios por el difunto; que la pobre Tomasina, no pudo hacer el ayuno, y que algunas religiosas se ofrecieron a suplirla.

aAlgunos días después se apareció de nuevo el clérigo a la novicia mostrándose muy agradecido; le dijo que sus penas ya no eran tan grandes, pero que no olvidase el ayuno; que tuviese muchas esperanzas de que sanaría por completo de su brazo, el mismo día en que él subiese al Cielo; y concluyó manifestándole, que gracias a que le había ayudado a salir de los graves padecimientos que tenía en el Purgatorio, él también prometía ayudarle con sus peticiones y ruegos cuando se encontrara en la Gloria. Esta vez Tomasina no vió al clérigo en sueños; se le apareció visiblemente, con las propias carnes y espíritu que tenía en vida; y al concluir la dicha plática- “le cogió con solo tres dedos el otro brazo”.

Al tomarle el clérigo el brazo con sus dedos, que le quemaron como ardientes brasas, sintió la novicia un dolor agudo y vehementísimo, como era natural,; pero el dolor que ahora experimentó, “no tuvo con el primero comparación alguna, ni fueron las escaras que le quedaron tan el extremo gruesas como las otras. Cuenta don Carlos Sigüenza y Góngora que al cabo de cuarenta años de Purgatorio, por fin el alma del clérigo subió al cielo; pues cierto día amaneció Tomasina completamente sana, sin huellas de quemaduras ni contracciones en sus brazos, “de este hecho fueron testigos todas las monjas y el innumerable concurso que allí asistía”.