Hace 100 años

Por Jesús Rodríguez

Decir “hace cien años” nos pone nostálgicos. La mayoría de las veces, esta frase alude a personas, cosas, acontecimientos y espacios que, inevitablemente, se han modificado o han desaparecido.

Hace cien años, la ciudad de México era otra muy diferente a lo que nuestros ojos pueden ver hoy. Para empezar, la ciudad solo abarcaba los casi diez kilómetros cuadrados que hoy ocupa el Centro Histórico. Lo demás, lo que hoy conforma esta gran mole metropolitana, eran rancherías, haciendas, campos de cultivo, algunos lagos y ríos. Hace cien años decir: “mañana vamos a México” era una frase habitual en lugares como Coyoacán, Tacuba, Xochimilco, Chalco, entre otras localidades que hoy forman parte de un recorrido citadino en el cual los caminos parecen no terminar en su paisaje de construcciones, calles y avenidas.

Hace cien años, los ciudadanos pensaban de otra forma, caminaban a otro ritmo, vestían modas hoy desaparecidas y sus intereses y preocupaciones se fincaban en cosas que hoy parecen imágenes de postal.

Existían los paseos, ya fuera aquellos por los que se caminaba apaciblemente o aquellos en los cuales la tertulia era amenizada a ritmo de los bandoneones, las guitarras y las canciones pachangueras que se escuchaban a lo largo del canal de la Viga, perdido desde mediados del siglo XX para siempre.

No había marchas, mucho menos mega marchas. Las avenidas Juárez y Francisco I. Madero tenían otra vocación. El disfrute, la coquetería, el devenir y galantear eran motivo por el cual la gente recurría a ellas. ¿Cómo no iba a ser provocadora esta calle? Es, aún hoy, la más palaciega de la ciudad. En ella se encuentra el palacio de los Azulejos (junto al cual estuvo el del marquesado de Guardiola) la mansión de los Moncada, de los Borda, de los marqueses del Prado Alegre, entre monumentales templos como San Francisco, San Felipe de Jesús y la Profesa.

Hace cien años, no hacía tanto calor y el clima era sorteado con elegancia o maña, según fuese el caso. Los caballeros usaban sombreros al igual que las damas de clase acomodada, mientras los “paleros” se cubrían del sol con enormes sombreros de paja, con los cuales se arropaban durante las largas jornadas de remo por los canales de la ciudad del ayer.

Las aristocráticas damas de “cinturita de avispa” merodeaban por parques y plazas, recibiendo los “atrevidos” piropos de caballeros y “lagartijos”. Gustaban de usar el abanico, guantes y diminutas sombrillas que más que cubrirles del sol, las elevaban a rango de musas. Las damas sencillas, las del pueblo, usaban sus dignos rebozos y faldas largas de manta, sus negros cabellos trenzados, daban un toque elegante y sencillo a su presencia.

No se comía como hoy. Había en los mercados: chichicuilotes, guisos con carne de pato, más tamales que hoy y, en el caso de las bebidas como el pulque y las aguas de fruta, ni se imaginaban siquiera que serían envasadas y consumidas en niveles estratosféricos. Los alimentos tenían su lugar y su tiempo.

Hace cien años, la gente compartía la algarabía de una celebración: El Centenario de la Independencia. El gobierno, las instituciones, los ciudadanos y los comercios se integraban a este acontecimiento bajo una sola batuta: la presencia de Porfirio Díaz y el modelo político-social que construyó durante casi tres décadas.

Había desigualdad social, casi como hoy, pero el gusto por participar en este evento era general; ya fuese desde algún palco en el Palacio Nacional o desde alguna pulquería de algún barrio citadino.

Los comercios se preciaban de ofrecer lo más chic, “lo de hoy”, y lo aportaban desde sus vitrinas y aparadores con aire victoriano a la fiesta de México.

Hace cien años, olían a nuevo algunos establecimientos como la Pastelería francesa el Globo, o los flamantes almacenes El Centro Mercantil, el Palacio de Hierro o el Puerto de Liverpool. Algunos ya eran tradicionales para entonces (mérito aparte) como la antigua Sombrerería del Portal de mercaderes (hoy Tardán). Otros como “la dulcería de Celaya” eran puntos de referencia del buen comer.

La ciudad de principios del siglo XX se vistió de modernidad. Una modernidad desde entonces melancólica. Los muros de sus edificios cambiaban rápidamente del tezontle y la cantera al mármol, el hierro y al cristal; casi como lo hace una señorita pudorosa al cambiar su ropa ante la mirada expectante de alguien más, cubriéndose la parte más intima con sonrojada actitud.

Así, la ciudad que durante trescientos años había mercado a la sombra y al amparo de los tradicionales portales como los del águila, del coliseo viejo, de mercaderes o de los agustinos quedaba “pelona” al construirse en su lugar grandes edificios europeizados en los cuales la forma de comerciar se renovaba. Tal es el caso las primeras tiendas departamentales de capital francés en las cuales se leía al entrar: “aquí instauramos en precio fijo”, dando pie a la agonía del regateo tan de nuestra tierra.

¿Qué mejor que escribir de estos comercios a cien años de aquel escenario centenario que fungió como gran caída de telón del porfiriato? ¿Qué mejor que revalorar el patrimonio comercial que representan lugares como: La dulcería de Celaya, la sombrerería Tardán, Liverpool, La Zamorana, La casa Serra, Casa Migliano, El Palacio de Hierro y algunos otros lugares mas de gran tradición e historia comercial.

Son lugares beneméritos que han sobrevivido a todo, sitios entrañables que, como sabios abuelos, nos pueden dar cuenta de la ciudad del ayer y su gente. Sus locales, en algunos de ellos sus muebles y sus productos tienen el gran mérito de haber sobrevivido a varias revoluciones: ya sea la armada, la institucional o la democrática, según sea el caso. Han aguantado inundaciones, terremotos, devaluaciones, destrucción y crisis.

Y allí están, día a día rechinan sus cortinas metálicas al abrirse y esperar aquello que les procura salud por siempre: la fidelidad de sus marchantes.

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