5 de febrero... la calle de las boticas

Por Jesús Rodríguez.

Las calles no olvidan. Sin importar que los nombres que les identifiquen hoy cor respondan a cualquier personaje o acontecimiento ajeno a su origen, siempre guardan algo de sí y lo hacen saber hasta en el menor detalle.

 

Un ejemplo digno de comentar es la calle del 5 de febrero, misma que debe su nombre a un hecho conmemorativo: la Constitución de 1917 promulgada bajo el mandato de Venustiano Carranza y que es la que nos rige en la actualidad. Curiosamente, ésta conecta al norte con la Plaza de la Constitución, que por cierto, se refiere a la Constitución de Cádiz, jurada en ese sitio en 1813 un año después de su promulgación en España.

A esta calle se le ha conocido a través del tiempo con diversos nombres que nos hablan de la riqueza de historias y oficios que ha tenido. En el actual tramo que va de la plaza mayor a República de Uruguay, se le conoció con el nombre de La monterilla, debido a que precisamente ésta hace esquina con el palacio del antiguo Ayuntamiento que en tiempo de la Nueva España ocupaba incluso el espacio donde hoy se sitúa el Palacio de Hierro. Ahí, donde ahora se levanta esta tienda departamental, se encontraba la casa de los regidores del Ayuntamiento, quienes por protocolo usaban una montera o sombrero tipo torero.

El tramo que sigue entre las actuales calles de República de Uruguay y República del Salvador, llevó el nombre de Bajos de san Agustín, lo cual nos habla del límite oriente del terreno que ocupó el antiguo Convento de San Agustín que comenzaba en su lado poniente en la actual esquina de Uruguay e Isabel la Católica, Con este vestigio monumental, que hasta la primera mitad del siglo XIX fue el templo principal agustino y hasta hace algunos años Biblioteca Nacional, podemos imaginarnos la extensión que ocupó éste que fue uno de los conventos más excelsos de la antigua ciudad de México.

Después, sigue la cuadra que da a la calle de Mesones, a la cual se le conocía como de la Joya, toda una calle de leyenda. Aquí, tuvo lugar la historia de don Gaspar Figueroa, esposo de doña Florinda Zúñiga y la escena en la cual, don Gazpar, a la usanza de Otelo, enloquecido de celos y tras una persecución por las calles de la ciudad, vio frustrado su intento de venganza para con Álvaro Alcántara, quien había osado cortejar a su esposa colocándole una elegante sortija de diamantes cuando ésta se hallaba desprevenida tomando el sereno en el balcón de su casa. Don Gaspar, después de ésta enfurecida búsqueda y ante la huída del agresor, regresó a casa y apuñaló a Florinda para después darse muerte y clavar la daga sangrienta en la puerta de la casa, la cual fue hallada por las autoridades con la sortija de piedras preciosas colgando.

Caminando hacia la Av. José María Izazaga, sigue la cuadra que da a la renovada calle de Regina ,hoy convertida en andador, después, el tramo que se extiende hasta San Jerónimo. Por su parte, estas calles se llamaron: 1ª. del puente de la Aduana vieja y Aduana Vieja, que nos remontan a las fechas: 1558 a 1676, periodo en que funcionó la Aduana en lo que fue casa de la Marquesa de Villamayor, antes de ser trasladada en el siglo XVII esta dependencia a la actual plaza de Santo Domingo. El último fragmento, es el que llevó el nombre del Convento de san Jerónimo, justo donde terminaba la antigua ciudad de México en lo que se llamó calle verde (hoy Izazaga) por haberse ubicado allí un caminito arbolado que indicaba el límite sur de la antigua ciudad.

Como podemos ver, por historia nuestra calle no para, y por tradición mucho menos. Su vocación actual es variada pero a lo que uno viene a cinco de febrero, es: a las farmacias.

 

La tradición boticaria de esta calle se remonta a la vida novohispana. Existen crónicas que señalan que hacia la segunda mitad del siglo XVIII, el rico platero sevillano don Adrian Ximénez de Almendral, además de propietario del bello palacete actualmente conocido como la casa de los Condes de Heras Soto (República de Chile esquina Donceles) y de la Hacienda de la Noria, era propietario de una botica en la calle de la joya.

¿Cuál es su padecimiento? ¿Qué achaques tiene? ¿Qué necesita para curar su dolencia? Hay de todo tipo de farmacias, pero por supuesto que primero me voy a referir a la más popular de la zona y de la ciudad: la farmacia París, la abuela boticaria que desde 1944 presta servicio en una de las esquinas más concurridas del centro, la de 5 de febrero y República del Salvador.

Ir a la París, se ha convertido en una frase común entre quienes habitamos esta ciudad y vamos en busca no solo de compras, sino de una experiencia de mayor alcance. A la París si se va a comprar medicinas, pero acude uno para a surtir recetas elaboradas con fórmulas de boticario tradicional. También se va cuando uno es adolescente a comprar la famosa varilla de cristal para cumplir en la clase de química de la secundaria...

¿Quién, que se precie de ser capitalino no ha vivido el calvario que significa la compra de la famosa varilla que venden en la Paris, para después sortear como malabarista por el Centro, en el metro, en la micro el preciado encargo que nos hará llegar triunfantes y cumplidos al día siguiente a la secun con la tal varilla íntegra para ser doblada al fuego del mechero en la clase de laboratorio de química? Pocos lo logran… por lo menos no fue mi caso.

Pero, independientemente del tema médico, a esta farmacia se va uno a cultivar el gusto del rebusque mercantil. ¿A poco no lo ha hecho? Si no es así, ¡de lo que se ha perdido! Vaya usted y vea que hay de toooodo tipo de jabones, cremas, aceites, tintes para el cabello, perfumes, vitaminas (cómo olvidar la emulsión de Scott, o el aceite de hígado de tiburón…mhmmm).

En el caso de los artículos de belleza como jabones, aceites o champús, como dicen algunos, usted los puede encontrar preparados con: olivo, almendra, Tepezcohuite, baba de nopal, nogal, concha nácar, chile, chile de árbol, amaranto, avena, aceite de oso, uña de gato, cacahuananche, baba de caracol, el elegante y tradicional Maja, el perfumado Heno de Pravia, el indispensable del perro agradecido, o aquellos que han delatan a quienes no pueden ocultar que han visitado el cinco letras: el Rosa Venus o el jardines de California.

La Paris, se precia de ser el primer sitio que abrió un auto servicio en la ciudad de México, hoy, entrar a esto que antaño fue novedad, representa un viaje al pasado. La invitación es que observe usted la publicidad que ostentan los vetustos muros cubiertos con espejos, la zona de las cajas registradoras, los mostradores y los muebles que exhiben la mercancía.

Su fundador, don Ignacio Merino, ante la necesidad de espacio, primero se extendió hacia la planta alta que fue ocupada por el cabaret Montparnasse. Hoy día, la París sigue combinando tradición y modernidad y es referente indispensable en la historia farmacéutica de México. Ha crecido tanto que ahora ocupa las antiguas instalaciones de lo que fue el hotel París (cuyo café fue uno de los más concurridos en la segunda mitad del siglo (XIX) y también ha instalado su área de herbolaria en un bellísimo edificio del siglo XVIII que perteneció noviciado del antiguo Convento de San Agustín, sitio donde puede usted comprar matitas de gran variedad de plantas medicinales en maceta.

A esta tradición se han unido farmacias como: de Dios, Nosarco, Central Médica, Gom y Similares (la del Dr. Simi) que además de surtir medicamentos, algunas venden aparatos médicos, prótesis, uniformes para vestir al gremio o artículos para acupuntura.

Por si usted no encontró lo que buscaba, en esta zona también puede hallar establecimientos callejeros (los hay ambulantes y semifijos) que venden esquemas del cuerpo humano, videos de masajes corporales, instructivos y plantas y raíces medicinales, si algo me falta, no se preocupe, seguramente es por que: si en el centro no lo encuentra… es que todavía no se inventa.

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